Nuestros puños en alto

Rocío Stevens

NOTA ORIGINAL

Los que nos hemos pasado mucho tiempo de nuestras vidas en manifestaciones, activismo y movilizaciones entendemos el significado del puño en alto como un símbolo de la lucha, de la fuerza y de la voz.

El puño en alto el día del sismo indicaba una cosa diferente: significaba silencio. Silencio para que los rescatistas pudieran comunicarse entre ellos, escuchar hacia el fondo de los escombros, concentrarse en lo que decían las máquinas y salvar vidas. Hoy, los dos puños, el puño de la voz y el puño del silencio, se deben unir para la reconstrucción, porque aunque con significados distintos, simbolizan la misma cosa: la lucha que debemos dar por este país.

Oxfam es una organización que nació en 1945, en el marco de la segunda guerra mundial, con una vocación humanitaria y con un mandato de salvar vidas ante el desastre. Lo que hemos aprendido en más de setenta años de trabajo humanitario en todo el mundo es que no hay desastres NATURALES. Hay fenómenos naturales (de carácter hidrometeorológico, como un huracán o bien, de carácter geológico, como un sismo, etc. ) pero los desastres, son humanos.

Lo que podemos aprender después de los dos terremotos que han cimbrado a México en el 2017 y los múltiples huracanes inundaciones y desbordamientos de ríos que han costado vidas en los últimos años es que frente a fenómenos que están fuera de nuestro control, lo que sí podemos controlar es cómo nos preparamos ante ellos para disminuir riesgos y enfrentar la respuesta con mayores capacidades. Resiliencia es el término técnico.

En los días inmediatos al sismo del 19 de septiembre 2017 hemos visto cómo la ayuda abunda, pero se concentra. Esto cumple con la mezquina regla de la concentración de recursos que ya impera en todo nuestro país. Sea por densidad geográfica, por el color del partido en la delegación o municipio, si es una zona urbana o rural, indígena o no, si hay actividad industrial o agrícola; las diferencias en las capacidades preexistentes para enfrentar riesgos son muy diferenciadas, como lo son también las capacidades de respuesta y de recuperación.

México es un país que tendrá que enfrentar más de estos fenómenos en el futuro. Es la condición de nuestra geografía. Sabiendo eso, resulta imperativo que la sociedad civil que ha demostrado solidaridad y organización enorme, alumbrando a un gobierno pequeño, sea también partícipe y vigilante de los esfuerzos por venir.

Sabemos que muchos de los desastres que hemos visto son causa de la falta de cumplimiento en reglamentaciones en la construcción, falta de coordinación entre instituciones públicas y entre públicas y privadas (como es el caso del sector salud), falta de accesos para personas con discapacidades, falta de sistemas de alerta temprana generalizados y funcionales. En fin.

El hecho de tener que repetir respuestas de emergencia en los mismos lugares y a las mismas personas de manera recurrente no es casualidad. Ese es el desastre detrás del desastre y no tiene nada de natural. Entre las grietas de los muros derrumbados que han costado vidas se asoma la corrupción, la impunidad y la desigualdad que se han vuelto características nefastas de este país.

Levantemos el puño una vez más, ahora con la convicción de que la sociedad civil mexicana deberá vigilar que los esfuerzos de reconstrucción que vienen pongan los derechos de las personas en el centro y exigir cuentas claras y transparentes.

El puño que sea para levantar la voz, nunca más para guardar silencio.