Gente que sólo vivía de flores

Gerardo Talavera

NOTA ORIGINAL

La sacudida por los sismos recientes nos plantó frente al espejo de nuestros propios miedos. Sentir la vida en riesgo nos recordó el miedo de no tener más tiempo para cumplir los sueños, de perder a la familia y a los seres queridos, de quedarnos en la calle.

En el proceso de respuesta, un gran impulso social desbordó la solidaridad y generó un huracán de voluntades ansiosas por hacer algo por alguien más. Los medios de comunicación, las organizaciones y la población en general, salieron a la calle para darse utilidad y ayudar a alguien que quizá no tuvo nombre ni rostro, pero que necesitaba -y en muchos casos, sigue necesitando- de nosotros.

Tuvimos miedo y pudimos unirnos por los otros y por nosotros.

Hoy hay grandes incertidumbres y responsabilidades que asumir, pero lejos de escribir sobre las obligaciones del gobierno al respecto, quiero hablar de las personas “de a pie”, los que trabajamos día con día, los que intentamos ahorrar y viajamos en el transporte público. Entre nosotros, ¿cuánto va a durar esta solidaridad?

Luego del sismo del 7 de septiembre, me integré al equipo de evaluación de Oxfam México que acudió a Oaxaca a identificar los daños y las necesidades de las personas afectadas. Lo que encontramos es una muestra del gran desafío que tenemos por delante.

-Mírenlas a ellas, esta gente sólo vivía de flores y ahora ¿qué van a hacer?, nos dijo una mujer de unos 25 años que se dedica a vender frutas y verduras en un mercado local del Istmo. Se refería a un par de mujeres que fácilmente rebasaban los 65 años, estaban sentadas en bancos a la sombra de los arcos del mercado, en el suelo cerca de sus pies tenían unas canastas con pedazos magullados de flores púrpuras y amarillas que parecían crestas de gallo y cempasúchil. Con las miradas ausentes y los rostros desencajados, apenas murmuraban “¿quiere flores?” ante los escasos marchantes.

La imagen se quedará en mi memoria, espero, para toda la vida. Hoy no hay flores, la tierra no está dando y lo que había se perdió por los terremotos, pasarán meses para que las crestas de gallo vuelvan a crecer y otros meses más para que la gente vuelva a tener dinero y ánimos para comprarlas. El desastre podría instalarse en la vida de estas mujeres durante mucho tiempo si no actuamos.

Es momento de preguntarnos ¿qué tengo que hacer para ayudar verdaderamente?, ¿soy útil en la emergencia?, ¿qué me une a las otras personas? Hoy hay miles de personas sin casa, millones que no tienen qué comer, ni agua segura para tomar y cientos de mujeres, hombres, niños y niñas perdieron la vida.

Es urgente que cambiemos nuestros viejos modelos de solidaridad, hoy nos necesitamos desde un enfoque humanitario integral, que contribuya a trabajar en un proceso resiliente y que involucre a las personas afectadas y sus necesidades. El apoyo que todos brindamos ayuda, ayuda mucho, pero podemos ayudar desde un enfoque de responsabilidad, diría yo “algo más humano”. Tenemos la posibilidad de reconstruir desde la dignidad y trabajar para que en la siguiente emergencia no seamos tan vulnerables.

Ha estado lloviendo en el Istmo, quizá este año se pueda volver a sembrar y cosechar cempasúchil y cresta de gallo para que las calles y los templos de nuestras comunidades en el Istmo se vuelvan a pintar de amarillo y púrpura. Quizá podemos cambiar las cosas.

Crédito de las imágenes: Gerardo Talavera

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor o autora y no necesariamente reflejan la postura oficial de Oxfam México